domingo, 26 de abril de 2009

Otoño interior.


Espero. Montevideo se me antoja melancólica. Siempre me pareció algo así como un ama de casa aburrida. Una mujer inteligente y bella, pero melancólica. Nostálgica de quién sabe que tiempo memoriales y distantes. De quién sabe que otoños. Porque acá siempre es otoño. Y hoy más. Hoy que las horas y la gente pasan. Hoy tengo esa imagen tuya grabada en la retina. La gente en la parada, el ruido y el silencio, el polvo y las sombras, las baldosas. A veces lo quiero. Sus caprichos se asemejan a los míos. Sus colores también. Grises. Adentro mío también es otoño.

jueves, 23 de abril de 2009

Observo el reloj desde mi habitual posición en el sofá. Sostengo un té humeante, con olor a canela. Aún no nos sentimos a gusto, él es todo un intruso en mi mundo, ese mundo que mantengo tan organizado y tan a mi manera. Me persigue segundo a segundo con sus cuentas, su tan poco melódico zumbido, su cara pálida y seria. No tiene números, eso ya sería demasiado!!
Mejor así, es más fácil hacerlo pasar desapercibido. Desvío la mirada. Afuera hace frío, mi bufanda se mece en el respaldo de una silla, presa de una brisa extranjera. El té continúa humeando. No puedo evitar volver a mirarlo. Es un intruso. Su tic - tac se me hace estridente y chillón. Suena el teléfono y me distraigo, sos tú. Pienso que dirías de mi reloj, que ilustre conclusión tuya dejaría de lado este tema para pasar a otros tanto más urgentes y placenteros. Pongo excusas, hoy me siento bien acompañada con mi soledad. Planeo dejar a un lado pronto esa manzana que tantas veces mordí y se me antoja cada vez más deliciosa. La serpiente siempre fue mi aliada y confidente, nunca un motivo de desconfianza. Este valle de Edén es cada vez más como yo. Laberíntico, tramposo. Otro período de lucidez. Ahí está él. Definitivamente no es mi tipo. Lo descuelgo. Y vuelvo a mi taza de té, al frío de afuera, a la bufanda, y a ti.

jueves, 16 de abril de 2009

Buscándome.

Mirarme al espejo y lograr reconocerme. Con todas mis pecas, mi frente ancha, mis 1.75 y mis cejas grandes. Y asumirme como lo que soy, o mejor aún, como lo que alguna vez fui. Rescatarme del insomnio y de esta oscuridad de papel crepé, frágil, aterrorizada, de cuclillas detrás de la cama. Sumergirme en un gran cenicero, resurgir de mis propias cenizas. Rescatarme de mi olvido, olvidar mi memoria. Desechar los exabrupto de mi imaginación fértil, que muchas veces hace ver algo más que unas caderas demasiado anchas. Reconstruir mi universo de pequeñas galaxias. Demasiado tiempo durmiendo en camas que no son de nadie, buscando los fantasmas que acechan debajo de la mía.
Que he de dejar atrás para volver a encontrarme? Para no juzgar más esa cara que veo en el espejo todas las mañanas, que me reprocha tanto, que ya ni siquiera somos la misma persona. Ella conocía bien sus límites. Y yo, del otro lado del espejo, estoy buscándola.